La vida de los príncipes arabes


La vide de las Princesas Arabes

Cuentan que en Medio Oriente los jeques ofrecen comprar mujeres a cambio de  camellos, que se fabrican Ferraris exclusivamente para ellos y que desde los celulares  hasta las canillas, están hechas de oro.

Herméticamente cerradas en sus palacios,  escondidas tras el tupido velo de la abbaya, la vida de las princesas árabes ha sido siempre un misterio celosamente guardado a los ojos de occidente.

Por su ostentación o por su misterio, Medio Oriente ocupa siempre la atención de occidente. Pero no son muchos los occidentales que traspasan los muros de la hermética alta sociedad árabe para contar cuanto hay de verdad en todo esto.

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Hace dos décadas, la mayoría de la población vivía en jaimas en el desierto, criando camellos. Una generación más tarde, eran multimillonarios, viajaban a occidente, navegaban en yates por el Mediterráneo y estrellaban Ferraris contra las solitarias palmeras del desierto.

La pobreza,  el analfabetismo y la desigualdad de muchos países musulmanes ocupan los primeros lugares en el ranking mundial. Mientras, los jeques árabes – Sheiks  o príncipes –  ostentando una riqueza que pone a occidente a su servicio, y las Sheikhas, bajo el misterioso velo de la abbaya, son el símbolo del despilfarro en Medio Oriente.

Una familia real.

En medio del desierto calcinante y detrás de altísimos muros, se alza el Palacio del Sheik, rodeado de jardines de cuentos de hadas y guardianes con lentes negros.

El palacio en el desierto lo forman  tres bloques de edificios en torno a un patio triangular, con entrada independiente para cada una de ellas. La muralla exterior tiene varios kilómetros de largo, no existen calles que conduzcan al palacio y las entradas están bloqueadas por puestos de seguridad varios kilómetros antes de la muralla. Rodeando el edificio hay un parque, verde y florido, con palmeras enormes y plantas exóticas. En verano, las flores, traídas especialmente y cultivadas para ellos en Holanda, se mueren cada día calcinadas por el sol. Cada mañana, se vuelven a plantar a flores nuevas y frescas.

El Sheik tiene tres esposas. Entre ellas no se cruzan jamás. El Sheik debe ser justo y compartir por igual sus bienes y su tiempo con cada una de ellas.  Cada una tiene su propia mansión en la Costa Azul, su propio yate y sus propios criados. En el Palacio, cada esposa vive en un bloque distinto, con sus hijos y sus sirvientes, recibe sus propias visitas y ocupa su propia agenda con actividades de su rango, acompañando al Sheikh cada vez que éste lo requiere.

Los hijos de una esposa rara vez comparten actividades con los hijos de otra esposa. El Sheikh debe amarlos y cuidarlos a todos por igual, y dicen que tiene en total, más de dos decenas.

Modales de Princesa

Un séquito de seis meseras prepara el banquete. La Sheikha solo quiere ser servida por sirvientes occidentales, y una agencia en Londres selecciona el personal para ella. Hay dos españolas, dos italianas, una neocelandesa y la jefa, que es inglesa. La cocinera, italiana, contratada por el precio que fuera: seis mil dólares al mes y todos los gastos pagados.

Se prepara la mesa para dieciséis personas, aunque solo comerán siete. Un mantel de más de ocho metros de largo se plancha directamente sobre la mesa de mármol. Los platos son de porcelana con borde de oro, las copas son de cristal de Baccarat pintadas a mano con motivos dorados, los cubiertos de plata. Se ponen cinco cubiertos, las servilletas de Frette se envuelven formando un pájaro y en el centro de la mesa se arma un jardín artificial con piedras de colores y plantas artificiales. A la Sheikha le gusta ver cada día una decoración distinta.

A la orden del Sheik, se llevan las bandejas de plata a la mesa. El espectáculo es pantagruélico: al menos cuatro tipos de pasta,  pescado al horno, cangrejo, gambas, un cordero entero asado, arroz, cuscús, sopas y una decena de ensaladas servidas en bols individuales. Cuatro tipos de agua mineral, todos los tipos de gaseosa que existen y dos jarras con jugos naturales.

No quieren servicio en la sala mientras comen, los criados cierran las puertas y solo vuelven a entrar a recoger la mesa cuando un asistente indio avisa que han terminado.

Al entrar, el espectáculo es dantesco: arroz desparramado por las alfombras, las servilletas en forma de pájaro tiradas  en cualquier parte. Al cordero solo le quedan los huesos, las copas de cristal están pegadas de grasa y el jardín central parece un campo de guerra.

No han usado un solo cubierto, ni para comer, ni para servirse.

El mundo perfecto del Rey

Es un día ideal para navegar, el mar está calmo y el sol brilla en el cielo despejado. A media mañana llega la orden de que se prepare el yate, el Sheik quiere salir  a bucear después del mediodía.

El yate está siempre listo por si el Sheik quiere lo quiere usar, aunque solo lo usa algunos fines de semana al año. Todos los viernes se  preparan las camas de todas las habitaciones, se ponen los forros a los almohadones que se han guardo durante la semana para protegerlos de la sal del mar y se lava todo el barco. Las heladeras  tienen siempre cordero, su carne favorita, pescado de todo tipo, pollo en cantidades industriales, fruta y verduras frescas.

Pero cuando viene el Sheik, se revoluciona todo el barco. La tripulación, más de diez marineros y doce camareras y cocineros que no hacen más que esperar que venga el Sheik cada día de la semana, ponen manos a la obra. En dos horas llega la compra: frutas, quesos, carnes, mariscos de todo tipo, y decenas de buquets de flores. Los criados del palacio llegan a bordo con más comida fresca, cuscus, dátiles, su té especial y todo tipo de manjares, suficientes para tres días.

Su asistente personal llega una hora antes y cuida todos los detalles. Revisa su habitación, controla que las flores sean las adecuadas, que todo esté limpio y perfumado. Se prenden el yacuzzi y el baño turco por si acaso quiere usarlos.

A las doce sale una lancha con los buceadores. Se sumergen en el arrecife donde va a fondear el barco para que el Sheik pueda bucear. Tienen una hora de trabajo. Llevan piedras redondas y blancas, estrellas de mar gigantes y caracoles raros, de los que se compran en la feria. Limpian el mar debajo del barco: sacan la basura y los posibles objetos peligrosos el fondo, nadan en círculos para ahuyentar a los peces que pudieran molestarlo mientras bucea y después colocan delicadamente las estrellas y los caracoles que han comprado.

Se prevé que la comitiva llegue a la una de la tarde,  pero no se sabe nunca cuantas personas serán.  No almorzarán a bordo y probablemente se irán antes de la cena, pero los cocineros preparan por las dudas un menú de 15 platos. La corte del Sheik incluye más de diez asistentes, todos ellos indios. El tea-man solo se ocupa de prepararle el té. Un buceador cubano, contratado todo el año, para acompañarlo a bucear cada vez que quiere hacerlo. Solo bucea una o dos veces al año. Cada uno de sus hijos, incluso los más pequeños, tiene sus propios asistentes a disposición veinticuatro horas al día.

Su hombre de confianza, Abulrahman, lo sigue a sol y a sombra todos los días del año. Duerme sentado en una silla fuera de su dormitorio y se ocupa de alcanzarle desde las zapatillas hasta el postre. Su padre fue sirviente del padre del Sheik a quién él mismo empezó a servir a la edad de seis años. Cuando el Sheik no está  sus esposas, come en la mesa a su lado.

Una hora después llega la comitiva. El Sheik sonríe en medio de una confusión de asistentes, guardaespaldas y amigos ruidosos. El capitán lo espera parado en la popa, vestido de punta en blanco. Lo saluda con efusividad, le pregunta por sus hijos y después, saluda por su nombre a cada uno de los marineros que no ha visto en meses. Entra en la cocina y pregunta en italiano que le ha preparado su cocinera, bromea con ella porque está a dieta y pide que le sirvan el almuerzo.

Hay comida en la mesa para unas 60 personas. El banquete se dispone solo para él y sus cuatro amigos. Cuando los invitados terminan de comer, pasan los asistentes al comedor, y comen a su vez. La mayor parte de los platos están sin tocar. Después que comen los asistentes todavía quedan bandejas sin tocar, y se llevan para que coma el cuerpo de seguridad. Cuando ya nadie más quiere probar gambas o spaguettis al salmón, se tira la comida al mar.

El territorio de la Sheikha

¡Es David Beckham! Gritaron todos mirando las cámaras de seguridad. Era el propio David Beckham que subía por la escalinata. Había sido invitado a abordar mientras hacia jet ski frente a la costa de Portofino, en Italia, donde el yate estaba fondeado. El Sheik lo recibió con sus hijos varones en el magnífico salón principal del yate. Salvo por la leve oscilación del mar, es imposible predecir que se trata del salón de un barco: más de seis metros por diez de piso enmoquetado, paredes forradas con telas de oriente, amplios sillones de cuero legítimo y la última tecnología en televisores de plasma y equipos de música de Bang&Olufsen. En las mesas de nogal lustrado, bandejas de plata repletas de frutas exóticas, platos con los dulces más variados y discretamente,  en los rincones, sirvientes asiáticos esperando órdenes. David pidió solo un sándwich y una coca-cola.

David no conocía al Sheik, pero por el tamaño de la embarcación habrá podido intuir que hacerse amigo no era una mala idea. Dicen que esa misma tarde el Sheik lo invitó a jugar en su club por una cifra exorbitante, y que David se comprometió a pensarlo.

Siguiendo al jet ski venía una lujosa lancha a motor, que navegaba con Victoria y los guardias de seguridad. La lancha siguió a  David para abordar también el lujoso yate, amarraron y los tripulantes bajaron a la plataforma baja del yate.  Por la tele-cámara se veía como por la escalera de popa  subía Victoria Beckham. Tenía puesto un mini bikini rojo y botas tejanas.

Ajena a todo el ajetreo de cubierta, en otro salón y muy lejos de los invitados (nadie puede verla), la Sheikha tomaba el desayuno. Se levanta cada día muy temprano, hace ejercicio en su gimnasio particular y después baja a desayunar. La mesa, que se prepara exclusivamente para ella, tiene lugar para 16 comensales y aunque nunca recibe invitados, se prepara un  buffet  como para todos ellos. Cuando están en Italia no faltan todo tipo de panecillos, tartas y chocolates típicos de Liguria y sobre todo, frutas. Ella solo toma café con dátiles.

En un ángulo del salón hay un monitor que muestra las imágenes de la cámara de seguridad. La Sheikha miró un instante el monitor, donde se veían los movimientos de cubierta. Vio la imagen de la esposa del invitado subiendo la escalera.  Miró a Amina, su asistente, solo un instante, no dijo una palabra, y siguió tomando el café. Amina salió del salón y dijo algo en árabe al jefe de seguridad, que hace guardia 24 horas sea donde sea que esté la Sheikha. Antes de que Victoria hubiera terminado de subir la imponente escalera, la portezuela de popa  ya estaba bloqueada.

- I’m Victoria Beckham. – se identificó la invitada.

Sus guardaespaldas hablaron con los guardaespaldas del yate, intentaron llamar por teléfono, pero no hubo explicaciones: no podía pasar más allá de la escalera. Se retiró furiosa y esperó sentada en la lancha. David se comió el sándwich, se sacó fotos y se fue sin saber que su esposa era persona no grata.

El sueño de los príncipes

Los príncipes son fanáticos de los dulces. Hay una alacena dispuesta solo para guardar golosinas, como si fuera La casita de Chocolate. Por todas partes tiene que haber platos con tabletas de chocolate, torres de bombones, cajitas de dulces finos, cristaleras con caramelos, tartas y trufas preparadas para ellos por un pastelero en París y traídos en helicóptero.  La pastelera del Palacio además, preparaba cada día los pasteles más exóticos, con frutas y cremas que formaban dibujos de flores y arabescos. Siempre había en la heladera helados de todas clases, tiramisú, cream caramel, mousse de frutas del bosque, delicias de chantilly y crema pastelera.

Por las dudas de que, en algún momento, alguien quisiera comer un dulce. Pero los niños no pueden comer, porque son diabéticos.

Cada noche se recogen los chocolates reblandecidos y tartas intactas de las heladeras, y se reparten entre los empleados. Todos los empleados, que son  muchos, y muy golosos, no pueden comerse en un día tanto chocolate. Lo que se puede guardar, se guarda. El resto, se tira intacto a la basura. Cada noche se seleccionan, en el cuartito de los chocolates, nuevas delicias para distribuir en los salones al día siguiente.

Los niños dicen gracias cada vez que se les sirve algo, y se preocupan de que sus propios criados coman los manjares que ellos no pueden comer.

Como a cualquier niño, les gusta lo que cocina su madre. Es así que la Sheikha, muchas veces, entra en la cocina, despide a todos los que están allí y con la ayuda de una sola asistente, prepara ella misma spaguettis con salsa para sus hijos.

Publicado Originalment en Rumbo Sur – Diciembre 2008

Acerca de Maria Eugenia Rodriguez Cattaneo
Licenciada en Comunicación. Escritora y Periodista Free Lance.

9 Responses to La vida de los príncipes arabes

  1. alejandra mieres dice:

    sencillamente fascinante,besos eugenia

  2. ely dice:

    siempre la cultura Arabe es un misterio y mas el ver cuanto dinero se derrocha…….y cuanta comida se tira! fascinante la vida, aunque yo prefiero ser pobre pero vivir libre sin que nadie esté al pendiente de mi; ni se me diga que hacer o que debo comer…..! ufff hermoso reportajeee

  3. fidelia dice:

    Wow!!!.. me encanta la vida arabe, y otras vidas q nunca e vivido…

  4. arsecio julio velarde dice:

    interesante… pero igual su sangre es roja.

  5. Erick chavarri dice:

    Existiendo tanta pobresa en el mundo y los arabes desperdiciando tanto dinero

  6. cesar rospigliosi . b dice:

    saludos al Sr. Sheik ,es todo maravilloso.

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